La historia de una chilena convertida al islam

La historia de una chilena convertida al islam

 Nora Melo:

Ha sufrido el rechazo de su familia y de sus compañeros de trabajo. Su denuncia por acoso laboral terminó en un fallo favorable que espera sirva de ejemplo a otros que son perseguidos por sus creencias.

Su madre no le quiere hablar y es, quizás, la pena más grande que carga. Tanto como el escupo que recibió de parte de un compañero de trabajo.


Vestir con la hiyab o velo y algunas veces con túnica, desde que hace cuatro años se convirtió al islam, ha sido una prueba fuerte en su vida porque de inmediato empezó a percibir actitudes de rechazo y discriminación.

La chilena Nora Melo Irribarren, 46 años, debe ser una de las pocas trabajadoras que ha conseguido en la nueva justicia laboral un fallo favorable a su denuncia de discriminación y acoso que entre otros obliga a la empresa en la que trabaja a que las personas que la insultaron sean destinadas a otro lugar para que no persistan en su actitud.

Anulada, madre de tres hijos de 25, 21 y 14, la mayor periodista y el segundo estudiante de derecho, está dispuesta a contar su historia para poder servir de ejemplo a otras personas que por motivos religiosos, de raza o tendencia sexual son perseguidos.

Asegura que su ex marido no sólo ha sido un buen proveedor para sus hijos, sino que una de las personas que la ha apoyado diciéndole que es perseverante y que puede salir adelante de esta angustiosa situación que incluso la ha tenido deprimida.

Nacida en una familia tradicional, de madre vasca muy católica, reconoce que desde pequeña siempre sintió una atracción inexplicable por el mundo musulmán asentado en el África y entre ires y venires, investigaba en forma autodidacta de ellos y soñaba con aprender árabe.

“Fui criada en ese mundo, el católico, pero de pronto uno empieza a ver cosas distintas. A mí me gustaba la vestimenta de las musulmanas y aunque tuve una época bien rebelde y usaba short cortos, escotes, después quise usar túnica”, dice.

-¿Cuál fue tu primer paso? ¿Te casaste con un musulmán? 
“No, no, mi ex ni siquiera cree en Dios. Todo partió con mis estudios de Noráfrica a través de internet, que se convirtió en un vicio. Antes lo buscaba en el diccionario, pero lo fui superando. Amo África, me conozco cada uno de sus límites, su composición, su cultura y todo empezó por ahí.
“Estudiaba y después lo dejaba, porque todo aparecía como que iba contra la sociedad, pero lo volvía a retomar. Cuando me separé hace cuatro años decidí que iba a buscar mi camino y no paré”.

-O sea, fuiste una madre convencional.
“Totalmente, de una clase media acomodada con un marido profesional, cuidaba los niños, me gustaba la casa, la cocina, que me encanta. Pero salía del común de mis amigas porque me gustaba bordar y tejer, aunque odio el planchado y mis tiempos libres los dedicaba a leer”.

-¿Qué decía tu marido de esta fascinación?
“Para todo el mundo estaba loca. Mi padre murió cuando era chica y mi madre está muy enojada conmigo, muy, porque es muy católica. Ella era catequista, pero a los 18 años dejé de ir a un grupo de la Iglesia, siempre miraba el islam como mi camino... de pequeña recortaba fotos de camellos, del desierto”.

Hace pocos años, casi con su separación, entró a trabajar a Teleperformance, una empresa que presta servicios de telefonía internacional y su turno como operadora –de 3 de la madrugada hasta 10.30 de la mañana- la puso en contacto con clientes españoles, algunos de los cuales resultaron árabes, “fue como estar en el cielo”, cuenta. Eso fue clave para que uno de sus clientes se hiciera su amigo y la impulsara a visitar alguna mezquita de Santiago.

Se comunicó con la embajada de Marruecos, visitó un templo, descubrió que su nombre Nora es árabe y se vinculó a la comunidad musulmana en Chile. “Amo mi país, pero me hubiera gustado tener sangre árabe”, confiesa ya arrepentida de decirlo. 

-Esto fue después del atentado a las Torres Gemelas y los occidentales empezaron a sentir un temor mayor frente al islam. ¿No te lo cuestionaste? ¿No fue freno?
“No creo que hayan sido los árabes los que hicieron eso y lo mío venía de antes”.

-¿Y qué fue freno, quienes te hacían la contra?
“La sociedad. Mi madre, mis hijos...”

-¿Qué choques tuviste al cambiar de cultura?
“Al haber nacido en un hogar católico, tienes que dejar muchas cosas. Hay cambios que tienes que aprender, especialmente como mujer que el islam no permite. Uno tiene que amar el islam para entenderlo y la verdad, es que no te saca tanto de tu línea”.

-¿Cómo qué?
“Lo que más me costó fue cortarme mis uñas, preguntaba por qué tenía que hacerlo y me contestaban que era por purificación. Lo hice con los ojos cerrados y no lo cuestioné porque el islam decía lo que tenía que hacer”.

-¿Y en qué se transformó Cristo?
“Mi madre lo adora, pero para mí no hay más Dios que Dios. Para los musulmanes, Jesús es un profeta muy especial, hijo de una virgen, no engendrado por un hombre.
“Lo que más me gustó del islam es que te ensaña, te obliga a respetar las otras religiones.”

Nora cuenta que cuando le dice a su líder religioso que su madre, de 84 años, no la quiere ver y la insulta, él la conmina a visitarla porque es su obligación como hija. “Tú te aguantas, es tu madre, eso me dice el islam, dice respetas a Dios y a tus padres”.

¿Y tus hijos qué dicen? ¿Son católicos?
“Ellos me respetan, pero no lo comparten. No son católicos, el que estudia derecho es ateo y no les gusta el islam porque han visto que me ha traído muchos problemas. A mí, el islam me ha traído mucha felicidad, pero también mucha tristeza.
“Al pequeño le gusta y tengo que estar más para callado. Igual hay cosas que le chocan como no poder darle un beso en la cara a una amiga, porque yo le digo que debe respetar a la mujer.
“Sueño con irme a vivir a África, si Dios me diera un premio, me gustaría que fueses ése, y quisiera irme con el más pequeño porque sé que compartimos muchas cosas.”

-¿Qué otras cosas te han costado, las comidas?
“Exactamente, me encanta el salame pero no puedo comer cerdo. No fue un suplicio dejarlo, pero al verlo, al principio se me hacía agua la boca. A mis hijos no se los prohíbo, y cuando me lo piden uso guantes y les tengo un sartén aparte.
“También fumar, y ahora lo he hecho mucho por todo lo que ha pasado, pero pretendo dejarlo en este Ramadán (ayuno).
"La enseñanza que deja Dios en el islam es que no se debe comer cerdo porque produce enfermedades y a mi me gusta seguir el Corán porque no está adulterado. Nosotras usamos hiyab porque así se hace de antaño; antiguamente las católicas usaban velo, igual que la Virgen María, pero lo dejaron, en cambio el islam, no se ha modificado”.

Historial

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-¿Qué ha sido para ti usar la hiyab?
“Para mí es como cuando la niña se va a casar y se pone su vestido de novia. Lo encuentro hermoso”.

-Pero hizo pública tu creencia. Tuvo que significar un cambio.
“Sí, lo sé, pero es como si siempre te hubiera gustado un vestido y alguien te lo regala. Todo más allá de los problemas que me trajo en mi familia y en mi trabajo. A algunos les ha costado mucho, pero muchos lo están asimilando y me respetan”.

Nora asegura que le encantan las limitaciones que impone el islam a las mujeres y agrega que no tendría problemas de caminar detrás del marido, porque –lo dice entre risas- sabiendo donde va podría haber evitado que la engañaran.

 

María José Errázuriz L. 
Fotos, Santiago Llanquin

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